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Delta del Paraná
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Historia
Historia
del Recreo Toro
Relatos: Lía Teresa Cagnoni de De Marco
Narración: Eduardo Victor De Marco (hijo de Lía)
José Cagnoni fue uno de los tantos italianos que miró hacia
el sudoeste y emigró de su tierra natal hacia Argentina.
Arribó a estos lugares allá por 1863. Lo hizo en compañía de
su esposa Teresa Trevino y des sus tres hijos: José, María y Elvira
El capital que trajo con él le permitió montar un almacén de
ramos generales. La calle defensa, a unas cinco cuadras de la actual casa
de gobierno, fue el lugar de asentamiento del local.
Con vista al río, no solo comerciaba con la gente que se
acercaba por tierra, sino que podía hacerlo con las pequeñas embarcaciones
que se arrimaban al negocio.
Fue una época muy próspera para ellos y por ser una zona de
malevaje, pronto colocaron rejas en el lugar de despacho para evitar los
asaltos.
Generalmente, ella atendía de día y él por la noche ya que
el local funcionaba las 24 hs.
Pero pronto todo cambiaría.
El verano de 1870 no solo trajo calor húmedo a la ciudad de
Buenos Aires. Un mal mucho peor, que podía pagarse con la propia vida,
asestó un golpe a los habitantes de ésta. La fiebre amarilla
El cementerio de la recoleta pronto se vio atestado de
cadáveres por lo que hubo que conseguir un nuevo emplazamiento para las
nuevas víctimas. Nace así el de Chacarita.
Ante la incertidumbre del ¿qué hacer? surge la necesidad de
abandonar el lugar. La duda era si hacerlo hacia los Altos de San Isidro o
al oeste. Pero... una nueva zona estaba empezando a ganar nombre entre los
habitantes del norte. El Delta del Paraná.
Poseedor de una embarcación a remos, deciden por este último.
Los cinco, con ropa y víveres se lanzan a las marrones aguas del Río de la
Plata.
Así nace una nueva aventura, digna de una travesía de turismo
aventura actual, una nueva migración a tierras para ellos totalmente
desconocidas.
Fueron tres jornadas de aprovechar la corriente río adentro y
de remadas para no retroceder cuando ésta no les era favorables. Extenuado,
ya sin comida, observan un muelle, o al menos eso parecía ser. Se
acercaron y observaron una precaria casa de adobe. Al llamar se encontraron
con un suizo cazador de nutrias que estaba al margen de lo que sucedía en la
gran ciudad. Luego de conversar, pedir algo de comida, y ante la
insistencia del morador en cuanto a que más arriba no había nada, los cinco
recalaron en el lugar.
Este resulto ser su nuevo paraje, su nuevo lugar para echar
nuevamente raíces.
Habían arribado al río Capitán en la intersección con el
arroyo Del Toro.
Como anécdota cabe mencionar que el dinero y joyas que
poseían no estaba con ellos.
Temerosos de ser asaltados, ella envolvió todo y lo escondió
en la carbonera, ese lugar o pieza de la casa, que todos poseían en aquel
entonces, para acopiar el carbón para cocinar.
Él aprendió, de las indicaciones del suizo, a fabricar
ladrillo de adobe y con estos levantó la nueva morada.
Entre tanto, un año antes de este trágico suceso que sacudió
a la Reina del Plata, se había inaugurado un club de remos en el Tigre.
Los remeros se aventuraban hasta esa zona del delta y al
llegar al lugar solicitaban un gesto solidario con la provisión de agua y
algún bocado que les repusiera fuerzas.
Entonces surge una nueva veta comercial, la provisión de
alimento y el brindar un lugar para el descanso. El lugar era el terreno
que ocupaban y ella, era muy buena cocinera. Al menos así la recuerdan los
relatos transmitidos oralmente.
El lugar se hizo muy popular, fue el comienzo de los recreos
isleños.
La gente lo conocía como el recreo del Toro.
Y este fue el nombre que a la postre le quedó, Recreo Del
Toro, sobre la margen derecha del Capitán, donde recibe las aguas del arroyo
que dio nombre al nuevo establecimiento.
Allí nacen sus otros hijos: Micaela, Clementina, Tula y
Arturo Vicente. Este último padre de Lía Teresa y el único que terminó
viviendo en el Delta, luego de una incursión por la zona norte de Buenos
Aires.
El recreo les brindo otra época de prosperidad económica, y
se hizo tan famoso su nombre que José importa de Europa (posiblemente de
Inglaterra) una estatua de un toro a tamaño real. Esa que hoy podemos ver
en la costa de enfrente en otro recreo que también lleva el nombre de El
Toro.
Si se pregunta que pasó con el dinero y joyas dejadas en
Buenos Aires, al año de asentarse en la isla regresaron a su casa de la
calle Defensa. Había sido saqueada, pero... el paquete estaba en la
carbonera. Todos los valores habían sido recuperados, pero lo inutilizada
que quedó la vivienda y el negocio los decidió por regresar y quedarse en lo
que sería su nuevo y renombrado paraje: el RECREO DEL TORO.
El recreo fue atendido por la familia y visitado por
importantes personajes de la época.
Esta historia continúa hasta aproximadamente 19l5, momento en
que es vendido a tres socios, Leveroni, Castet y otro que el apellido escapa
a la memoria.
Una vez vendido, José y Teresa se separaron, ella se fue a
vivir a una casa que habían comprado en Victoria y el alquiló en Capital
Federal (Av. Directorio al 1600).
Desde entonces, con alguna variación en el nombre, y con
cambios de domicilio (de una orilla a la otra) el recreo continúa recibiendo
a aquellos gustosos del delta, siempre bajo la mirada del toro que alguna
vez José trajo de su continente natal.
El actual recreo El Toro se encuentra a unos 40 minutos en
lancha colectiva desde el puerto de Tigre.
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