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Historia del Kayak
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La Primer
Travesía
Mc. Gregor inició su
primer travesía en kayak, el 29 de julio de 1865. Lanzó su bote a las aguas
del río Támesis, en Londres, con muy poco equipaje : Dos mudas de ropa, una
chaqueta impermeable, un sombrero de paja y no mucho más. No llevaba casi
ninguna vitualla, ni tienda, ni enseres para cocinar. Su recorrido era por
zonas pobladas de Europa y no había día que no se topara con algún sitio
donde poder comer y dormir.
Dos
días después de su partida, se encontraba en Southend, en el estuario del
Támesis, terminando su pasaje por el ese río. Ahora lo esperaba un tránsito
por ferrocarril hasta el puerto de Dover, luego un vapor que lo dejaría en
Ostned, Bélgica y otra vez en ferrocarril hasta la ciudad de Namur, ubicada
en la confluencia de los ríos Sambre y Mosa.
El "Rob Roy" y su tripulante retornaron al agua en el río
Mosa, en las afueras de la ciudad de Namur. Dos días después llegó a la
ciudad de Lieja, donde lo esperaba quien sería su compañero de viaje durante
algunos días. Con otra embarcación similar al Rob Roy, llamada "Earl", el
Sr. Aberdeen, y Mc. Gregor, continuaron remando por el río Mosa hasta
Maastrich, Holanda, y desde allí iniciaron un largo periplo de tramos por
ferrocarril, vapor y carros, alternados con días de remo por los ríos Rin y
Main, en territorio alemán. Las ciudades de Colonia, Mayence, Aschaffenburg,
Frankfurt, y pequeños pueblos fueron pasando por la vista de los dos
remeros.
Para parámetros actuales, esta era una extraña travesía.
Había recorrido más distancia por tierra que por agua. Claro, pero esta era
la primera travesía en kayak de la historia y el hombre tenía su forma
particular de llevar las cosas. Remaba fuerte durante tres o cuatro horas
por la mañana, luego se dejaba llevar por la corriente durante otras tres
horas en las que contemplaba el paisaje, leía, o escriba anotaciones en su
diario sobre el viaje. Luego, durante las tres horas siguientes, venía otra
vez el trabajo de remo fuerte, para culminar en un chapuzón en el río o un
baño en algún mesón del camino. Una caminata, una cena abundante, la charla
con los lugareños y a la cama.
Mc. Gregor volvió a quedar solo a partir de Frankfurt y luego
de otros tramos en fe rrocarril
y carro, llegó a las fuentes del Danubio en plena Selva Negra. Navegó por
éste río, que en ese punto apenas tenía unos metros de ancho, atravesando
numerosos pueblos alemanes en medio del bosque. Luego el bosque dio paso a
la llanura y pronto el río se convirtió en una cinta sinuosa con infinidad
de curvas, islas y arroyos que salían y entraban en el cauce principal. Una
semana le navegación por el Danubio hasta llegar a la ciudad de Ulm. Allí,
el Rob Roy volvió a ser subido a un tren que lo dejó en Friedrichshafen, a
orillas del Lago Constanza.
Mc. Gregor llego a Friedrichshafen un día sábado y, fiel a su
costumbre, el domingo permaneció en la ciudad para concurrir a misa en una
iglesia protestante. Nunca remaba los días domingos. Si tenía la
oportunidad, iba a misa y si no, dedicaba el día a descansar, escribir las
vivencias del viaje en su diario o relacionarse con la gente del lugar.
El lunes finalmente la embarcación fue lanzada otra vez al
agua. El Lago Constanza se encuentra en medio de los Alpes, en las fronteras
de Alemania, Suiza y Austria. El río Rin desemboca en el lago por el sur y
vuelve a salir en el oeste. Mc. Gregor cruzó el lago hasta el lado suizo y
continuó bordeándolo rodeado de las montañas arboladas hasta llegar a la
boca oeste del Rin, para adentrarse luego en ese río.
Luego de un par de días de navegación por el Rin, comienza la
etapa de los lagos suizos. Siendo el Zurich, el primero
en ser transitado por el Rob Roy, luego le siguieron el Lago Zug y más
tarde el Lago Lucerna.
Todos los lagos están relativamente cercanos entre sí, por lo
que el salto entre lago y lago fue hecho en carretas en pocas horas de
marcha. Finalmente en el Lago Lucerna, uno de los sitios más bellos de
Europa, el Rob Roy navegó en dirección a la ciudad del mismo nombre y el río
Reuss que atraviesa la ciudad y fluye a través del lago.
En la siguiente etapa, Mc. Gregor cambió la placidez de los
lagos por un río tumultuoso, con una corriente veloz, y rápidos peligrosos,
que lo obligaron a descender del bote en varias ocasiones para dar rodeos,
con la em barcación
a cuestas, hasta encontrar mejores sitios para navegar. En el Reuss, la
embarcación y su tripulante tuvieron su prueba de fuego atravesando una zona
de rápidos de la que ambos salieron airosos.
El Reuss dio paso al río Aar y pronto éste terminó
desembocando en el Rin, y el Rob Roy se encontró en la ciudad alemana de
Waldshut, el día 12 de setiembre, cuarenta y cinco días después de su
partida desde Londres.
A poca distancia, río abajo, de Waldshut se encuentra
Lauffenburg, otro pueblo en las riberas del Rin. Mc. Gregor llegó allí
impulsado por la vela que desplegaba a veces en el pequeño mástil
desmontable. A punto estuvo de ser arrastrado por la corriente a los saltos
ubicados cerca de allí, si no fuera por la advertencia de un joven sobre el
peligro que representaba navegar por el centro del cauce.
El día siguiente, luego de pasar por tierra los saltos de
Lauffenburg, fue otro día de rápidos y mucha agitación en el río. El Rin
continuó dándole sorpresas con sus zonas rápidas, que la embarcación pasó
sin ningún rasguño, con la sola consecuencia de varias mojaduras a su
tripulante.
Rheinfelden y Bale, fueron los siguientes pueblos visitados
sobre el Rin. En este último pueblo, el Rin hace una amplia curva y su curso
se dirige hacia el norte. Allí Mc. Gregor dejó atrás el río para internarse
en un canal, en una decisión de último momento, y pronto se encontró en
territorio Francés.
El canal, de apenas unos metros de ancho lo llevó hasta
Mulhouse con los bosques de la Selva Negra de paisaje en cada orilla. Por
primera vez en la travesía, le negaron el transporte del bote en
ferrocarril, por lo que tuvo que continuar por el canal atravesando casi
cincuenta compuertas durante los dos días siguientes hasta llegar a Illfurth,
un día sábado.
Por ser domingo, al día siguiente permaneció en ese pueblo,
entregándose todo el día al descanso. Buena parte de la jornada la dedicó a
la charla con los lugareños, interesados en los detalles de su travesía.
A donde llegase, la noticia de su paso le precedía. Los
periódicos se habían hecho eco del viaje y en sus páginas iban relatando los
detalles de la travesía realizada por ese excéntrico Británico en su extraño
bote.
Luego del descanso dominical continuó la marcha por el canal,
pero luego de traspasar la segunda compuerta, decidió abandonarlo y terminar
con esa tediosa tarea. Volvió a cruzar las dos compuertas en sentido
contrario y entrar otra vez a Illfurth, para iniciar otra marcha en carreta,
ferrocarril y carreta hasta llegar a las fuentes del río Mosella,
atravesando los valles de la cadena montañosa de los Vosgos.
El Mosella nace a los pies del monte Grand Ballon en forma de
cuatro o cinco riachos que se unen más adelante para formar el incipiente
cauce del río. Mc. Gregor encontró suficiente agua para echar su bote a la
altura de Remiremont en la mañana del 20 de setiembre.
En esta etapa, el descanso luego del primer día de remo fue
en Épinel. El siguiente fue en Chatel, luego Charmes y allí abandonó las
aguas claras del Mosella para trasladarse a Blainville y el río Meurthe.
El paso por el Meurthe fue corto, terminando en la ciudad de
Nancy, para trasladarse, otra vez en ferrocarril, hasta Epernay, sobre el
Río Marne, a unas doscientas millas de Paris.
En el Marne, otra vez tuvo que superar varios obstáculos que
presentaba el río en forma de compuertas y pequeñas represas. Esta fue la
última etapa de la travesía, acercándose cada día a Paris, punto culminante
del viaje. Navegó por la región de Champagne, entre colinas repletas de
viñedos. En Meaux se detuvo para su descanso do minical
y el lunes continuó por un río que por momentos se hacía ancho y con muchas
islas, lo que dificultó su orientación.
Finalmente el Marne desapareció bajo el cauce del Sena en las
afueras de Paris. Los últimos tramos de la travesía fueron navegando por el
Sena atravesando la ciudad. Había llegado, como escribió en su libro Mc.
Gregor, a "la capital del continente, el centro de
la política, el foco de placer, el esplendor y las
mentiras del mundo".
Tres
meses después de haber partido de Londres, recorriendo más de mil millas por
ríos y lagos de Europa, la travesía llegaba a su fin. Sus vivencias fueron
plasmadas en el libro "A Thousand Miles in the Rob Roy Canoe on Rivers and
Lakes of Europe".
Era la primera y todavía faltaban seis más.
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