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Notas
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Acercarse al
Río
Acercarse al río, por Santiago del Río.
Vivo
en una ciudad a la que llamamos Rosario, en el límite oeste del Litoral
Argentino, frente al Paraná: uno de los ríos más importantes del mundo.
Entre las comunidades costeras de Diamante y Coronda, a unos 100 kilómetros
más al norte de mi ciudad —río arriba—, la cuenca entera comienza a
depositar su sedimentación de forma constante, al tiempo que su cauce se
ensancha de forma abrupta, formando el majestuoso Delta del Río Paraná. Este
delta inmenso desemboca —unos trescientos kilómetros más al sur— en un mar
de agua dulce llamado De la Plata, frente a una ciudad que es conocida por
el nombre de Buenos Aires.
Nuestro
delta es un ecosistema con una biodiversidad muy rica. Representa el segundo
pantano en importancia mundial, con enormes lagunas de agua limpia, y una
biodiversidad muy variada.
Pero
nuestro ecosistema está sufriendo, desde hace décadas, un impacto humano que
ya ha superado los límites de tolerancia de la que podía recuperarse el río,
y este impacto ha dejado de ser sustentable. Nombro algunos de los problemas
más importantes:
-Acopiadores de pescado tratan al sábalo como un commodity más, y lo
exportan como harina para alimentar animales domésticos en países lejanos.
El recurso ictícola se agota año a año. Especies como el manguruyú o el pacú
están prácticamente extintas en nuestra zona. -La empresa Celulosa Argentina
lleva 70 años arrojando sus residuos tóxicos al agua, y ni un estado
municipal o provincial ha podido desterrarla de la costa. Innumerables
empresas usan al río como depósito de basura y los funcionarios, hasta
ahora, han mirado para otro lado. El poder económico prima sobre las
decisiones soberanas.
-Los
desagües cloacales arrojan los desechos directamente al río sin un
tratamiento previo. La gente que se baña en los balnearios que están en la
banda oeste del río, literalmente, nadan entre el orín y el excremento de
los pobladores que viven más al norte.
-Las
fumigaciones de agroquímicos en los campos llegan a los arroyos que son
afluentes del Paraná y estos venenos se mezclan con las aguas del río.
-El
avance de las fronteras agrícolas para la siembra directa de la soja
transgénica ha hecho que los productores vean al humedal deltaico como un
buen sector para ser transformando en una pampa ganadera, y así han llevado
sus vacas desde el campo continental —ahora sembrado con soja—, hasta la
zona de islas, con todo el daño que esto acarrea: quema de pastizales para
mejorar las pasturas, cierre de zanjones y arroyos para secar lagunas y
ganar campos, desmonte de flora nativa para sembrar cultivos relacionados
con el sistema ganadero, arrinconamiento de las especies autóctonas en
sectores sin desmontar ni quemar, donde son fácilmente encontradas por los
cazadores.
-La
caza es la principal exterminadora de los mamíferos en estado salvaje. Al
cazador podemos clasificarlo en dos tipos: El primero hace referencia a
aquel que día a día vive del recurso, producto de un Estado ausente que no
le garantiza igualdad de oportunidades para tener su propia tierra, y mucho
menos una educación de vanguardia que le permita organizarse con sus pares
en comunidades productoras de recursos sustentables —criaderos de yacarés,
carpinchos o pacú, producciones de miel orgánica, etc—. El segundo tipo de
cazador que, al igual que el primero, agota los recursos naturales, es el
que elige matar estos animales salvajes por mera diversión, sin respetar
leyes y arrojando por voluntad propia —aquí no hay un arrastre a esa
situación de supervivencia, sino una responsabilidad conciente del cazador
furtivo— peligrosos residuos de plomo en las lagunas y tierras del humedal.
Si bien el pescador deportivo le ha aportado al río una importante cantidad
de plomo, la correntada de 20 millones de litros de agua por segundo
disminuye considerablemente los daños; no ocurre lo mismo con el plomo de
una bala, que se deposita estático en aguas quietas o en tierra seca
expuesta al sol. La caza, en el segundo pantano en importancia a nivel
mundial, ha exterminado especies naturales como el yacaré y el ciervo de los
pantanos, y ha encerrado en sectores reducidos al carpincho —capibara—, al
lobito de río —nutria carnívora— y a nuestra hermosa y buscada nutria
roedora —coipo—.
Nuestro majestuoso delta sufre, cada día, una destrucción que ya ha dejado
de ser sustentable para el río. Si no paramos esta masacre, pronto sólo
tendremos una inmensa pampa sin la biodiversidad maravillosa que siempre la
ha destacado, sin reservas de agua dulce y limpia, y deberemos conformarnos
con visitar un par de Parques Nacionales pequeños para ver cómo era todo
esto antes del desastre. Entre el Campo Rico —en proceso— y el Pre-Delta
—funcionando— suman apenas 5 mil las hectáreas protegidas. Con estas líneas
pretendo hacer que la gente tome conciencia de lo que está pasando y nos
ayude a difundir nuestro trabajo de concientización. Sólo a través de un
reclamo social vamos a salvar nuestro delta. Hoy somos muy pocos los que
hemos tomado conciencia, pero necesitamos sumar gente, experiencia y
compromiso para llevar a cabo nuestra lucha. Yo pertenezco al kayakismo,
algunos a la pesca deportiva, hay arqueólogos que se dedican a rescatar la
alfarería indígena que hay oculta en el delta y que cada día se pulveriza
más y más con los pisotones de las vacas, tenemos gente que nos apoya desde
su lancha o velero, pero necesitamos acercar más almas al río.
Gente con ganas de disfrutar de la naturaleza y la cultura de una región
grande, que se va transformando en un desierto por culpa del lucro, de la
marginación y del poder de matar por diversión, dejándonos sin todo ese
paraíso que algunos —todavía pocos— aprendimos a ver y a amar. El río es
biodiversidad, cultura y una reserva de agua dulce para nuestras
generaciones futuras. En nuestro río pueden convivir en armonía los
animales, la flora nativa, la historia de mil años atrás, con quien lo vive
y lo disfruta. Tenemos que disfrutarlo sanamente. Tenemos que ser muchos
más. Somos pocos todavía. Los dueños de las escopetas, de los efluentes y de
las vacas nos ganan en cantidad y fuerza, pero no podemos rendirnos si
queremos ver esto vivo, sano, libre… Yo quiero ver al islero con una casa
digna, un trabajo asalariado, un centro de salud en su paraje, viviendo en
comunidades y no sólo y aislado como está hoy en día; quiero ver a sus hijos
en la escuela, logrando las competencias y teniendo las posibilidades de
terminar sus estudios universitarios; quiero ver al carpincho silbando
cerquita de mi carpa sin temor de oír el terrible alarido de la escopeta que
rompe el silencio de la noche; no quiero seguir viendo nutrias y lobitos
mutilados por haber escapado de una trampa; quiero ver la aleta del surubí a
flor de agua cuando busca su comida cerca de la superficie; quiero comer
pescado porque sé que me hace bien; quiero sacar agua de la costa para
calentar una pava de mate, sin temor a ingerir agrotóxicos, excreciones
humanas o efluentes de una fábrica. Quiero ver a mi río sano y a su gente
con dignidad y alegría.
Santiago del Río
santiagodelrio@argentina.com
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