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Notas
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Los Perros
del Delta
Quienes hemos recorrido las islas del delta del Paraná,
en mi caso navegando asiduamente en kayak, nos cruzamos habitualmente con
una gran cantidad de perros. Son parte del paisaje del delta. Los hay de
todas las razas, grandes, chicos, medianos, buenos, malos, o más o menos.
Parecidos a lo largo de cada costa de un arroyo. Misma madre, mismo padre,
todos parientes entre sí. Generalmente mal alimentados, se la rebuscan como
pueden para conseguir comida. Están en grupos casi siempre numerosos, hay
sitios donde cuanto más días se queda uno, más perros ve.
Echados en los muelles, medio
dormidos, parecen estar aburridos, hasta que presienten nuestro paso por el
lugar. Entonces, con un coro de ladridos infernales, acompañan nuestro
recorrido hasta que algún zanjón o vegetación espesa les corta la carrera,
interrumpiendo la diversión que venía a romperles la monotonía diaria de no
ver pasar un alma por allí.
He tenido la ocasión de cruzarme con
algunos que no se contentan con ladrar y terminan arrojándose al agua con
intenciones no muy buenas hacia nosotros. Sobre el Río Carabelas, cerca del
Canal 5, hay un doberman que tiene esa fea costumbre de asustar a los
desprevenidos kayakistas que pasan cerca de la costa. También en el Arroyo
Leber, que nace en el Paraná de las Palmas, hay otro perro con costumbres
acuáticas y sobre el Paraná, cerca del puerto de Escobar, en la segunda boca
del Arroyo Largo había otro, al que hace tiempo no se lo ve, que se
zambullía con la probable intención de masticarnos la popa del kayak.
Pero contrapuestos a estos, también
está el grupo de los "buenos". En nuestras travesías hemos encontrado a
muchos de ellos, a veces desconfiados al principio, un hueso o una galletita
aflojan todos los resquemores.
Pero hay un fenómeno interesante que
ocurre por las noches y que pasaré a relatar :
Supongamos que a eso de las diez de
la noche, en Zárate, un perro, al que llamaremos Gong, comienza a ladrar.
Porque vio a un extraño, porque escuchó un ruido, o simplemente porque se le
antojó.
El sonido viaja a trescientos
m/seg., por lo que su vecino, ubicado entre cincuenta a cien metros,
escuchará automáticamente y se aprestará a responder. Dependiendo del estado
de somnolencia, edad y predisposición al ladrido fácil del perro vecino,
esta respuesta llegará entre los diez a veinte segundos. Entonces,
seguidamente se producirá una reacción en cadena más difícil de controlar
que la fusión de átomos de uranio en una bomba nuclear.
Si calculamos una respuesta cada
cien metros en diez segundos, la onda sonora bajará por el Paraná más rápido
que la corriente y a las once estará por Escobar, contagiando inmediatamente
a una jauría de quince perras que asolan en una casa de la zona.
Mientras la onda continúa imparable
hacia el Río de la Plata, donde llegará a eso de las doce, el sonido
amplificado de las quince perras cruzará el Paraná y saldrá disparado para
el otro lado. La onda de retorno estará en Zárate a la media noche y el
ciclo volverá a repetirse.
Pero claro, ¿Ud. piensa que Gong se
va a aguantar dos horas sin ladrar? ¡¡Ja!! El ciclo podrá repetirse cada
media hora, diez minutos, dos minutos o lo que a Gong se le de la gana.
Entonces se producirá un caos donde
algún perro contestará el ladrido de Gong antes de que este llegue a él y
las ondas sonoras perrunas viajaran por todo el delta desde Diamante al Río
de la Plata y un poco más allá también.
Y todo acabará con la salida del
sol.
El canto de los gallos y los gritos
de las pavas del monte reemplazarán a los ladridos de los perros.
Bueno, si alguna noche se queda a
dormir por allí, que duerma bien.
Si puede.
Roberto
Vilmaux
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