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Relatos
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Travesía al
Paraná Guazú
Relato: Lucas Sosa
Esta travesía comenzó con el festejo de cumpleaños de nuestro
querido amigo Daniel Botet, el cual se realizo en el recreo almacén Pehuen y
donde no falto el buen vino y un exquisito asado echo por los organizadores
del cumple. El domingo a las siete de la tarde, luego de un largo de día de
comilona, junto a Adrian, el cual debutaba por primera vez en travesía,
pusimos rumbo al Paraná Mini. Remontamos el rio Capitán a paso cansino y a
los cuarenta minutos de paleo ya teníamos en vista el Paraná de las Palmas.
Cruzamos el ancho rio sin inconvenientes y nos adentramos en
el Arroyo Capitancito, para luego bajar por el aguaje del Durazno. La
tranquilidad reinante era relajadora, las aves piaban despidiendo el día,
las aguas espejadas reflejaban nuestros cuerpos y el sol lentamente se
oculto en el horizonte. Así tomamos por el arroyo Chana donde la primera
parada que hicimos fue para conseguir algo de miel. El muy buen amigo
Edgardo, productor apícola, nos regalo un frasco entero de miel
absolutamente pura, les puedo asegurar que una delicia para el paladar. Fue
cayendo la noche y con ella apareció una creciente luna y un bellísimo manto
de estrellas que nos vigilaban desde el cielo. En la misma casita de siempre
hicimos la segunda parada, aquí nos sentamos en el muelle, descansamos y nos
tomamos unos mates calentitos.
Para nuestra suerte el Chana empezó a crecer, así que no
perdimos el tiempo y nos pusimos a remar. Con poco esfuerzo alcanzamos el
Paraná Mini y las once y media de la noche bajamos en el recreo Toledo.
Aquí en el Mini teníamos que esperar a Eloy, que recién se
nos sumo el martes por la noche. El lunes después de descansar plácidamente,
nos levantamos y nos sentamos a desayunar con la vista al rio. María Esther
nos deleito con un buen café con leche, acompañado de pan casero, dulce y
manteca. Como teníamos dos días de espera le propuse a Adrian ocupar la
jornada en una excursión de pesca. Enseguida preparamos los bártulos, nos
llevamos unos sándwiches, subimos a los kayaks y remontamos el arroyo
Tuyupare unos 2 kms pasando el Canal Nº 3.. Allí bajamos sobre un terreno
donde había un rancho abandonado. El sitio era sin duda alguna una vieja
plantación de álamos, a la orilla del rio descansaba sobre una larga vía una
zorra para transportar los troncos cortados. Después de almorzar, arme la
caña y mientras mi amigo dormía la siesta, me dedique a la pesca. El pique
fue constante y con buenos resultados ya que al instante de arrojar la línea
me lleve la primera boga. No era el único que pescaba, también lo hacia el
ágil Martin Pescador. Estuvimos toda la tarde gozando de la paz, el sol, la
sombra, el aire puro, los mates y la excelente pesca. Cuando empezaron a
molestar los mosquitos levantamos campamento y volvimos a Toledo.
El miércoles con Eloy ya sumado al nosotros y después de dos
días de ocio estábamos listos para continuar viaje. El plan era llegar al
Paraná Guazu por la tarde, descansar y al día siguiente bajar por este hasta
llegar a la uruguaya isla Timoteo Domínguez. A las diez de la mañana y con
el sol radiante nos pusimos a remar, tomamos nuevamente el arroyo Tuyupare
hasta que dejamos este para ingresar al Canal Nº3. Adrian no dejaba de
deslumbrarse por la belleza del lugar.
Al cabo de unos minutos ingresamos al arroyo Largo, donde las
plantaciones de álamos y pinos forman frondosos bosques. Sobre las orillas
ranchos y casas abandonadas de aspecto fantasmal dejaban mostrar el paso de
los años y el olvido.
Eran casi las dos de la tarde y el calor ya se hacia sentir,
entonces sin dudarlo hicimos una pausa para refrescarnos en el agua y desde
arriba de un muelle empezamos con los bombazos. Reanudamos la marcha hasta
que cruzamos el apacible rio Barca Grande y bajamos sobre el viejo rancho
abandonado del arroyo Naranjo, ese que en una travesía de invierno nos
cobijo de la lluvia. Pero aquí no duramos mucho, luego de comernos los
sándwiches que teníamos de vianda, las avispas dueñas de casa empezaron a
zumbar para demostrarnos quien mandaba. Recorrimos diez kms más por las
límpidas aguas del arroyo Naranjo hasta que desembocamos en el Parama Guazu,
el cual limita el delta entrerriano con el bonaerense. Aquí nos encontramos
a 70 kms del Puerto de Tigre.
Con el sol todavía bien en alto bajamos en el recreo Don
Mario. Aquí nos acomodamos y nos dirigimos al muelle donde comenzamos con
otro show de saltos ornamentales. Ya refrescados Adri se preparo unos ricos
mates y yo probé suerte con la caña. El atardecer estuvo repleto de armonía,
el gran rio estaba manso, el cielo despejado y el sol tiño todo de naranja.
Por la noche dentro del quincho y acompañados de los sonidos
nocturnos, cenamos pollo al horno con papas al natural. Bien pipones hicimos
la sobremesa hasta que nos fuimos a acostar y conciliamos sueño iluminados
por la blanquecina luz de luna, que la pequeña ventana dio permiso para
entrar.
El día posterior amaneció despejado pero duro poco, ya que el
viento que soplaba capoto todo el cielo. El guardacosta de la Prefectura
estaba amarrado en el muelle cuando me acerque y les pregunte a los
oficiales sobre el clima y me dijeron que había alerta meteorológico. Sin
dar vueltas decidimos suspender la remada hacia la Isla Timoteo Domínguez.
La lluvia no tardo mucho en llegar y nos entretuvimos asando unos chorizos a
la parrilla, durmiendo la siesta, tirándonos unos chapuzones al rio y
tomando mate. Por suerte a la tarde paro de llover y nos dio un respiro, el
atardecer fue totalmente diferente al del día anterior, el cielo estaba
manchado por las nubes y el sol se escondió tímido en el horizonte. Nuestra
última noche en este lejano paraje nos la pasamos en el muelle disfrutando
de la luna llena que pintaba de color plata las aguas del mágico Paraná.
El cantar de los gallos anuncio el alba. Con pereza
abandonamos la confortable habitación y nos dirigimos al quincho donde
preparamos el nutritivo desayuno. Afuera las gallinas caminaban buscando su
alimento y el aroma a pasto mojado perfumaba el aire. No tardamos demasiado
en estibar los bártulos y a media mañana ya estábamos bajando por el arroyo
Naranjo. Este curso de agua es sumamente pintoresco, ceibos, sauces, pinos ,
arbustos y otras especies crecen por doquier. Los camalotes y lentejas de
rio viajaban desplazados por la corriente. Es un sitio maravilloso donde las
Pavas de Monte, las garzas y los Martin Pescador conviven en armonía.
El color negro del agua de un diminuto arroyo hizo detener
nuestra marcha, se trataba del arroyo El Negro, el cual se caracteriza por
sus aguas oscuras y transparentes. Esto se debe que al haber tan poca
correntada el barro se va hacia el fondo permitiendo así que el agua quede
libre de sedimentos.
Al mediodía nuevamente cruzamos el Barca Grande e ingresamos
al Canal Gobernador Arana y aquí hago una pausa para contarles una pequeña
anécdota. En pleno invierno de 2007 retornando de Carmelo, con Pablo, otro
kayakista amigo nos sorprendió la noche y al cruzar el Barca y por error de
percepción tomamos por dicho Canal y terminamos desembocando en el Parana
Mini pero a 6 kms arriba del recreo Motonáutico. Fue un verdadero garronazo
ya que hacia 9 horas que veníamos remando y no aguantábamos mas. Pero bueno
esta vez remamos por el, con 30º de calor y de día. El Arana es una larga
recta y fue abierto para que transiten las chatas, cruceros y veleros.
El estomago empezó a llamar y paramos almorzar sobre el
muelle de una bonita casa. Aquí bajo la sombra de los arboles nos tiramos a
descansar y con la vista hacia arriba las hojas mecidas por el viento no
parábamos de observar. Otra vez nos pusimos a remar y enseguida desembocamos
en el Mini donde la correntada nos llevo a buen ritmo. Dos paradas hicimos
en este gran rio y las dos fueron para matear. Primero en una casa y luego
en otra pero que tenia una playa tan pero tan deliciosa que costaba irse de
allí.
Sin ningún tipo de apuros y palada tras palada arribamos otra
vez a Toledo. Compramos unas facturas, mate otra vez, chapuzones y desde el
viejo muelle vimos otro apacible atardecer. Por la noche cenamos exquisitas
pastas con postre de helado, luego el cansancio se hizo presente y nos
retiramos a dormir.
Lentamente arranco un nuevo día, el rio estaba crecido y de
un marrón más marrón del normal. El inconfundible aroma a café nos llamo a
desayunar y lo hicimos en la galería observando la quietud del espejado
Mini. Preparamos todo y nos despedimos de María Esther, cruzamos el Mini y
nos metimos en el Chana para emprender el regreso a casa.
El arroyo como de costumbre lo teníamos con corriente en
contra. El rio como digo yo todos los días es distinto. Estaba alto, manso y
lleno de vida. Con un buen día saludábamos a las personas que en sus
respectivos muelles ya estaban con el mate en mano. Otros, recién
despiertos, se desperezaban al sol.Con este bello panorama llegamos al
Aguaje del Durazno, paramos a tomar mate y luego continuamos viaje por el
Capitancito, cruzamos el Paraná de las Palmas e ingresamos al rio Capitán.
Esta vez con la corriente a favor llegamos hasta Pehuén y allí despedimos a
Eloy que se quedo con el Ruso y Iron. Con Adrian seguimos bajando, tomamos
el rio San Antonio y a las tres de la tarde desembarcamos en el parador La
Escondida donde nos esperaba Alfredo con más kayakeros amigos. Aquí
almorzamos y compartimos con todos ellos las aventuras vividas durante la
semana que duraron nuestras vacaciones en el Delta del Paraná.
Lucas Sosa
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