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Relatos
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Primavera en
el Paraná
Relato: Lucas Sosa
Mediodía, el sol
resplandeciente de un sábado primaveral brilla en las aguas del rio Lujan.
Retiro mi kayak del galpón, lo subo a la zorra y lo llevo hacia la rampa. La
agradable temperatura invita a remar bien liviano de ropa, mejor diría, con
el torso al aire. Me pongo el cubre, el chaleco y ya toy listo para remar.
Deslizo el bote hacia el agua, dejo pasar una ola y me embarco para comenzar
a disfrutar. En unos segundos cruzo el movido Lujan e ingreso al canal
Gambado, portal de ese mundo fantástico llamado Delta.
Avanzo con ganas, por
mi lado derecho paso los veleros amarrados y por mi izquierda el astillero
del Sailing Club, donde observo las viejas embarcaciones que esperan su
reparación.
La historia se repite
como todos los findes y me cruzo con los botes de club, los kayakistas
conocidos, las lanchas taxis y las mismas casitas de siempre.
Salgo al Sarmiento el
cual se encuentra bajando debido al viento norte que esta soplando. Los
catamaranes y las colectivas navegan por el, algunos
paseando turistas y otras repartiendo a sus pasajeros por los muelles de las
islas. Llego a Cabo Blanco, parada obligada para almorzar. Botes y kayaks ya
ocupan su amplia playa. Que lindo panorama, familias y amigos compartiendo
una tarde de puro sol, unos durmiendo y otros jugando al vóley.
Luego de comer un
exquisito sándwich de pollo, de tomar sol, de charlar con un colega
kayakista y de unas excelentes surfeadas de lanchas colectivas, me apronto
para poner rumbo hacia el Paraná. Allí, en el parador Los Pinos, me
encontraría con mi querido amigo Guiyo y un divertidisimo grupo de remeros
de bote del Club La Marina y Hacoaj.
A las cuatro de la
tarde abandono Cabo y comienzo a remar nuevamente. Hago un par de kms por el
Sarmiento, donde saludo a Adriana y Sandra que venían remando, hasta que
tomo por el arroyo Espera, camino elegido para salir al Paraná. Voy
tranquilo, paleando pausadamente, y el sol me pega en el rostro de manera
formidable. A medida que me adentro por este pintoresco arroyo el bullicio
se va silenciando. El paisaje va cambiando, se torna más agradable y
colorido. Curvas y contra curvas me muestran todo tipo de colores,
amarillos, blancos, violetas, verdes, y los que mas me llama la atención es
el rosa vivo de las azaleas que crecen por doquier.
Casitas de fin de
semana se mezclan con ranchitos de isleños, algunas
grandes, otras chiquitas. Algunas viejas y abandonadas y otras nuevas como
recién pintadas en un cuadro. Opto por las sencillas.
Algunas lanchas pasan por mi lado interrumpiendo la quietud del agua. Cada
dos por tres decido parar, solo para escuchar el sonido de las aves que con
su canto endulzan el oído.
El aire trae consigo
ráfagas de perfume, respiro hondo y lleno mis pulmones de aire puro. Sin
dudas que la primavera es la mejor estación para remar. El largo Espera se
transforma en el Cruz Colorada donde los verdes sauces se reflejan en las
espejadas aguas. El sol se va escondiendo y apuro el paso para verlo caer.
Llego a la última curva
y de pronto se abre un paisaje majestuoso. Estoy en el Paraná y exploto de
felicidad. Me quedo unos instantes para ver su grandeza
y empiezo a cruzar. Lo hago en el mejor momento, justo cuando el sol se esta
poniendo. Vuelvo la cabeza varias veces hacia atrás, para observar como el
anaranjado y redondo sol se esconde lentamente sobre el horizonte.
Me vuelvo a concentrar
en el cruce, lo hago con tranquilidad y apunto hacia el recreo que ya lo
tengo en vista.
El rio esta manso me
transmite paz.. Hay un leve viento y alguna que otra ola mece la
embarcación. La corriente me va llevando a mi destino, comienzo a divisar
gente, era el grupo que se movía por el lugar, entre ellos Guiyo que ya me
había divisado. Le grito de lejos y recibo su respuesta. Luego de tres horas
de remo en solitario, toco tierra.
Guiyo me recibe con
alegría, me bajo y empiezo a saludar a uno por uno. Ellos eran Ana, Stella,
Laura, Jimena, May, Florencia, Adrian, Javier, Daniel todos pertenecientes a
la Marina y Ernesto (BUZO) del Hacoaj, ha!! como me puedo olvidar de los
amigos caninos Simba y Braulio.
La última claridad dio
paso al anochecer, el Paraná se fue calmando y solo escuchábamos el leve
sonido de las olitas que pegaban en la orilla. Enormes y silenciosos buques
remontaban sus aguas, no parábamos de asombrarnos cada vez que pasaba uno.
Aparecieron las primeras estrellas y también las luciérnagas que por
momentos nos confundían pensando que eran estrellas fugaces.
Juntamos las mesas y
se armo la previa del asado, se cortaron unos salamines, panes,
quesos y se destaparon unas cervezas heladas, entre charla y anécdotas
levantamos las copas y brindamos por el buen momento que estábamos pasando.
Algunos empezaron a abrigarse por que ya comenzaba a refrescar, otros
enfilaron hacia las duchas, los que se encargaban de cocinar encendieron el
fuego, algunos se tiraron en la playita y otros conversaron sin parar. Simba
y Braulio jugaban al trencito loco con los perros del lugar.
Al fin llego la hora de
cenar, el asado ya estaba listo. Se repartieron
chorizos, morcillas, vacios estaba espectacular. Un aplauso para el asador.
Obviamente que no faltaron los tintos que sumados a un whisky Chivas Regal
no tardaron mucho en hacer efecto sobre algunos comensales. Más de un bocado
fue robado por los simpáticos Simba y Braulio que después de tanta actividad
se les habría abierto el apetito.
El postre un exquisito
y explosivo Habanett echo por Jime. Luego toco el turno del rincón literario
donde Laura, Daniel y Adrian, habano en mano, nos narraron un par de
historias. Mmm que fiaca, que sueño, no doy mas se
empezó a escuchar, hasta que uno canto la hora. Eran la una de la mañana,
hora de ir a descansar. Nos fuimos dirigiendo a las habitaciones, las cuales
cuentan con baño privado y cómodas camas. Se durmió muy bien,
placenteramente y bajo el sonido de las gotas de lluvia que mas tarde
empezaron a caer.
El cantar de los gallos
anuncia la primera claridad y comienza a amanecer en el Paraná. Da mucha
pero mucha fiaca abandonar la cama, el día parece estar nublado, me asomo
por la ventana y el cielo de un gris plomizo me confirma que es así.
Comparto el desayuno
acompañado por Florencia y Ernesto, charlando de diversos temas. Carmencita,
dueña del lugar, nos deleita con café con leche y con tostadas con manteca,
dulce de leche y mermelada. Desayunamos como duques. Nos dirigimos hacia
fuera donde algunos remeros ya se encontraban mateando. Como moscas fue
cayendo el resto y se fue formando una linda ronda de mates, donde no
faltaron las caras de recién despiertos... Con suma calma y bajo un cielo
cada vez mas encapotado, nos fuimos preparando para partir, cada uno fue
acomodando sus pertenencias y sus botes hasta que ya estuvimos listos.
Los pares fueron Guiyo
(el cual estaba remando y se encontraba mas feliz que nunca), con Daniel,
Jime y Simba. Adrian, Florencia y Laura, Ana con Stella y Braulio, Ernesto
con su anaico y yo arriba de mi querido Franki. Bajo una leve lluvia,
comenzamos a descender por el rio Paraná, soplaba viento del sur haciendo
que la temperatura este un poco fresca.
Reme
junto a Ernesto, contándole de las aventuras vividas en una travesía que
había realizado meses atrás. Junto a nosotros venían nuestros colegas con
sus botes, tomando mates y sacando fotografías. Sin darnos cuenta y
navegando con la suave corriente del Paraná, ingresamos
al rio Capitán. Por la derecha observamos la enorme barcaza encallada, donde
aledaña a ella se encuentra un lindo terrenito para acampar.
Ibamos a buen ritmo, el
rio se encontraba planchado, solo era interrumpido por las gotas de lluvia y
por nuestro andar. Justo cuando paramos a almorzar se
largo un aguacero. Lo hicimos sobre un almacén y allí se pico las sobras del
asado, se pidieron unas hamburguesas, empanadas, un epa de postre y hasta un
te.
Después de casi dos
horas de parada continuamos viaje, seguía lloviendo pero con menos
intensidad. Pasamos Pehuén, El toro, hasta que abandonamos el Capitán para
ingresar al Rama Negra. Unos minutos por este hasta que doblamos en una
cerrada curva, para tomar el Gaviotas.
Que hermoso arroyo,
creo que unos de los mas bellos del delta. La frondosidad, la quietud, la
humedad y el goteo de los arboles, no paraban de asombrar a un par de
remeros que pasaban por él por primera vez.
El angosto arroyo nos
saco al Espera, continuaba lloviendo pero era un placer remar así. Turno del
rio Sarmiento, alguna que otra corrida de lancha, doblamos en el Gambado,
nos faltan pocos metros para ser devueltos a la realidad, remo con lentitud,
no quiero llegar, la lluvia crece, el agua me pega en la cara con frescura.
Aparece el Lujan, la
costanera, los edificios, el grupo se despide, cada uno a su club y bajo un
manto de divina lluvia este inolvidable viaje llega su fin.
Lucas Sosa
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