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arroyo Ceibito nace en el Río Paraná Guazú, algunos kilómetros antes de
su desembocadura en el Río de la Plata. A lo largo de cuatro kilómetros
fluye por el delta entrerriano para desembocar en el Río Ceibo. El
Arroyo Ceibito es uno más de tantos arroyos del Delta del Paraná, salvo
que en él pululan unas moscas muy molestas que los pobladores llaman
"viuditas".
Las
viuditas acompañan a los navegantes a lo largo del cauce del Ceibito
provocando la irritación del más paciente. En bote, en kayak, en lancha,
nadie se salva de llevar diez o quince moscas rondando sobre su cabeza a
la espera de una buena oportunidad para picar a la victima. Y su
picadura es dolorosa.
Pero
lo más singular entre las viuditas es que entre las miles de moscas que
habitan el Ceibito y sus alrededores, una, y solo una de ellas no es una
mosca común.
En
ella habita el espíritu de una mujer que vivió en la zona a finales del
siglo XIX. Felicia, era su nombre, aunque se desconoce su apellido.
Felicia tuvo una vida atormentada, ya desde su niñez. Nunca conoció a su
padre, y de jovencita se casó con un hombre para huir de su madre y se
fueron a vivir al delta entrerriano. Allí tuvo con él dos hijos varones.
No
fue una decisión acertada. El hombre resultó ser un borracho que la
golpeaba y sus días comenzaron a ser un calvario, al que se sumaba la
crudeza de la vida en esa zona.
Un
buen día, cuando los chicos tenían seis y siete años, el tipo
desapareció.
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Algunos dicen que Felicia lo mató aprovechando una de sus
borracheras y arrojó el cadáver al río. Verdad o no, lo cierto es que el
hombre nunca más volvió.
Pero
esto no fue un alivio para Felicia. Todo lo contrario. Ella y sus hijos
pasaron grandes privaciones y hasta hambre. Pero la catástrofe ocurrió
al año siguiente de la desaparición del marido, cuando en medio de una
fuerte sudestada sus hijos cayeron al río y murieron ahogados.
Desesperada y enloquecida, Felicia se internó en la isla y allí entre
los pajonales, donde el suelo está continuamente anegado, se dejó morir
de hambre y pena. Picado por los insectos y devorado por las moscas y
alimañas su cuerpo pasó a formar parte de la isla y su espíritu se
trasladó a una de las viuditas.
Ahora anda Felicia por el Ceibito. Su picadura es extremadamente
dolorosa. Comienza con un proceso de fiebre que puede durar desde
algunas horas, hasta varios días. La víctima sufre la angustia y el
dolor que le provocan recuerdos de un pasado que nunca vivió. La vida de
Felicia pasa como una película por su mente, y mientras tanto ella se
libera de las penas que tanto la aquejaron en vida. Durante esas horas
de alivio se dedica a volar libremente por las islas, recorriendo el
Paraná Guazú, el Ceibito, el Río Ceibo. Nunca llega al Río de la Plata y
tampoco cruza el Guazú. Luego, cuando su víctima se repone, vuelve a
ella la pena y el dolor y otra vez se lanza a la búsqueda de alguien a
quien picar.
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