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lguna vez tiene
que suceder. Alguna vez te otorgan los permisos internos y conyugales y
laborales para hacer tu primera travesía. Los días previos a la
partida, sucesivas revisiones del bote revelan fallas insalvables de
estructura que, una vez reparadas, permiten detectar nuevas fallas. Las
salidas de entrenamiento y preparación te dejan más dolorido que de
costumbre. Y si ir al Paraná te dejó de cama, cómo llegar a Martín
García? Las páginas meteorológicas se visitan varias veces por día, sea
el Windguru, el SMN u otras disponibles. El más mínimo dibujito de una
nube en la pantalla de pronóstico te provoca escalofríos, habida cuenta
de las metidas de pata a que nos tienen acostumbrados los
interpretadores de satélites. Se cursan emails del estilo de: cuántos
vienen, de dónde salimos, qué llevamos, que terminan muchas veces con un
no puedo, dejé el auto mal estacionado, olvidé la leche en el fuego,
generalmente en boca del que propugnaba un cruce directo del Atlántico.
Las expresiones de
los que te rodean se multiplican en cantidad y variedad, desde el
asombro de tus amigos no navegantes o la ceja arqueada de incredulidad
de tu jefe, hasta el signo del tres del truco en labios de tu esposa.
Pero ya estás lanzado a la aventura. No hay nada que te detenga. En
plena jornada laboral tu mirada busca las nubes, luego el pronóstico en
la computadora, luego las nubes, para finalmente sacar el papelito
arrugado donde vas haciendo la lista de cosas para llevar, para agregar
“yerba”. |
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Llega el gran día.
Cargado con todo su equipaje en las manos, semejando un equeco con
cubrecockpit, el palista enfrenta al esmirriado kayak con la pretensión
de que quepa todo en las bodegas, en una recreación náutica del cuento
del elefante y la hormiguita. De lo que suceda en los siguientes minutos
dependerá la calidad de la travesía.
Un refrán náutico
que, como buen desordenado crónico, me espantaba en mis primeros años de
navegación era: “Un barco se perdió porque los fósforos no estaban en
su lugar.”
Es que en travesía
lo que no está a mano no existe. Hace algunos años cruzamos en dos
kayaks el Río de
La Plata, desde
Tigre hasta La Barra de San Juan. La navegación se desarrollaba con
normalidad en un río de cristal, con descansos de diez cada hora y
media. Y llegó la hora del almuerzo. Dejamos de remar y unimos los
kayaks en catamarán usando las palas. -Bueno, le dije a mi compañero
mientras tomaba la posición con el GPS, sacá las empanadas.
La costa argentina
había desaparecido. La uruguaya era apenas una línea que desdibujaba la
bruma.

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