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El Mufa

Gustavo A. Schek

 

 

Gustavo A. Schek

Comentarios a: bopaya@fibertel.com.ar

 

ada hay más supersticioso que un marinero.

A lo largo de la historia de la Navegación, desde que los navegantes no se aventuraban más allá de las Columnas de Hércules por temor a monstruos marinos, tortugas gigantes e inmensos precipicios, o encendían hogueras a bordo para ahuyentar espíritus, muy poco ha cambiado.

Es que la navegación es un poco eso: Un acontecimiento con mucha magia, que nunca se repite, y cuyas alternativas dependen de variables que a veces son inexplicables. El mismo periplo por el mismo lugar puede ser un placer ó un parto de cuatrillizos de nalga, con la partera llegando tarde.

Entonces se explica que un Capitán con  loro al hombro rece como una Carmelita al hacerse a la mar con rayos en el horizonte, ó que un científico afamado defienda ante quien quiera oírlo la teoría de que cambiar el nombre de una embarcación es de mal augurio. Que se de por sentado que llevar a bordo mujeres, más allá de la utilidad que se les pudiera dar en noches solitarias, es pésima suerte. Que una moneda abajo del palo trae buena fortuna, ó que animales con pelo no deben transportarse a bordo, excepción hecha de nuestro compañero en el doble. Podríamos seguir con  que los martes no te cases ni te embarques y así hasta el infinito.

Los GPS y la meteorología por Internet  dejan poco espacio para la superstición y el romanticismo, hasta el momento en que las pilas se agotan en plena noche o el 3G nos marca “sin cobertura”.

Entonces los fantasmas vuelven enseguida, como si hubieran estado esperando entre bambalinas a que la tecnología nos juegue una mala pasada. Y a falta de nuevas supersticiones, reflexionamos que tal ó cual integrante de la partida estaba en la última tormenta, y también cuando se cayó el VHF al agua, y  por supuesto que nos acompañaba cuando nos picó la tarántula comekayakistas. Entonces lo miramos con la sospecha con que uno  relojea al gordo en el sesenta cuando cunde un olor nauseabundo y le preguntamos: no serás mufa vos?

El mufa es un personaje que nace del rumor. Los rumores en un grupo también pueden generar sospechas de que alguno es gay o agente del gobierno, pero en este caso es más fácil desmentir o confirmar su veracidad. Porque al mufa se le atribuyen poderes extraordinarios.

 

Es fácil demostrar que uno es capaz de realizar una hazaña, pero  nadie puede convencer a otro de que no es capaz de hacerla.

Los mufas pueden desatar tormentas con su sola presencia, partir en dos pedazos la pala más robusta sin tocarla, ó hacer perder a un equipo que está jugando a  diez mil kilómetros de distancia. El mufa se revela en los detalles, se deduce quien  es con una ecuación matemática que figura en el libro “Estadística con una Sola Muestra”, de mi autoría, y que nunca fue escrito porque le conté la idea en una travesía a un amigo, del que todos sabemos que es mufa.

No fue lo único que pasó en esa expedición. Mi kayak se inundó al hacerse un rumbo contra una piedra. La olla se cayó en el fuego y desparramó los fideos. En la paradisíaca playa de Timoteo se aglomeraron diez lanchas repletas de niños y perros en minutos, con casi ninguna señorita. El último lanchero antes de irse nos avisó, con la condescendencia del que tiene doscientos caballos para volver a puerto en media hora, que el pronóstico auguraba tormenta.

Entonces, cuando quedamos solos nos miramos entre todos en silencio. Estaba probado, alguien era mufa. Todos los que estábamos habíamos estado siempre, en  las buenas y en las malas, cimentando una amistad de hierro. Pero de repente éramos sospechosos: El mufa podía ser cualquiera. Decidimos dirimirlo en una ronda de mate, pero la pava caía en la fogata y se volcaba una y otra vez, así que pronto nos quedamos sin agua. Por precaución, decidimos dejar de pronunciar nuestros nombres, y reemplazarlos por las palabras del código radiofónico de acuerdo a la primera letra de los mismos.

Entonces era corriente escuchar  que Alfa fue a los yuyos y ya viene, che Golf, hacete unos mates, bueno Bravo, bancame que ya voy, sino pedile a Charlie. En la edad media los habríamos mandado a la hoguera, ahora sólo los nombrábamos distinto, de todos modos con tantas pavas volcadas en las brasas ya no quedaba rescoldo para quemar a nadie. Más difícil fue pasar a radiofonía los nombres que comenzaban con i ó con jota. Nadie quería, en una expedición de hombres, ser llamado Juliet, ni mucho menos India.

 


 

 
 

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Abril 2010  - Kayaks - Página 25