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ada hay
más supersticioso que un marinero.
A lo largo de la historia de la Navegación, desde que los
navegantes no se aventuraban más allá de las Columnas de Hércules por
temor a monstruos marinos, tortugas gigantes e inmensos precipicios, o
encendían hogueras a bordo para ahuyentar espíritus, muy poco ha
cambiado.
Es que la navegación es un poco eso: Un acontecimiento con
mucha magia, que nunca se repite, y cuyas alternativas dependen de
variables que a veces son inexplicables. El mismo periplo por el mismo
lugar puede ser un placer ó un parto de cuatrillizos de nalga, con la
partera llegando tarde.
Entonces se explica que un Capitán con loro al hombro rece
como una Carmelita al hacerse a la mar con rayos en el horizonte, ó que
un científico afamado defienda ante quien quiera oírlo la teoría de que
cambiar el nombre de una embarcación es de mal augurio. Que se de por
sentado que llevar a bordo mujeres, más allá de la utilidad que se les
pudiera dar en noches solitarias, es pésima suerte. Que una moneda abajo
del palo trae buena fortuna, ó que animales con pelo no deben
transportarse a bordo, excepción hecha de nuestro compañero en el doble.
Podríamos seguir con que los martes no te cases ni te embarques y así
hasta el infinito.
Los GPS y la meteorología por Internet dejan poco espacio
para la superstición y el romanticismo, hasta el momento en que las
pilas se agotan en plena noche o el 3G nos marca “sin cobertura”.
Entonces los fantasmas vuelven enseguida, como si hubieran
estado esperando entre bambalinas a que la tecnología nos juegue una
mala pasada. Y a falta de nuevas supersticiones, reflexionamos que tal ó
cual integrante de la partida estaba en la última tormenta, y también
cuando se cayó
el VHF al agua, y por supuesto que nos acompañaba cuando nos picó la
tarántula comekayakistas. Entonces lo miramos con la sospecha con que
uno relojea al gordo en el sesenta cuando cunde un olor nauseabundo y
le preguntamos: no serás mufa vos?
El mufa es un personaje que nace del rumor. Los rumores en
un grupo también pueden generar sospechas de que alguno es gay o agente
del gobierno, pero en este caso es más fácil desmentir o confirmar su
veracidad. Porque al mufa se le atribuyen poderes extraordinarios.
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Es fácil demostrar que uno es capaz de realizar una hazaña,
pero nadie puede convencer a otro de que no es capaz de hacerla.
Los mufas pueden
desatar tormentas con su sola presencia, partir en dos pedazos la pala
más robusta sin tocarla, ó hacer perder a un equipo que está jugando a
diez mil kilómetros
de distancia. El mufa se revela en los detalles, se deduce quien es con una ecuación
matemática que figura en el libro “Estadística con una Sola Muestra”, de
mi autoría, y que nunca fue escrito porque le conté la idea en una
travesía a un amigo, del que todos sabemos que es mufa.
No fue lo único que pasó en esa expedición. Mi kayak se
inundó al hacerse un rumbo contra una piedra. La olla se cayó en el
fuego y desparramó los fideos. En la paradisíaca playa de Timoteo se
aglomeraron diez lanchas repletas de niños y perros en minutos, con casi
ninguna señorita. El último lanchero antes de irse nos avisó, con la
condescendencia del que tiene doscientos caballos para volver a puerto
en media hora, que el pronóstico auguraba tormenta.
Entonces, cuando quedamos solos nos miramos entre todos en
silencio. Estaba probado, alguien era mufa. Todos los que estábamos
habíamos estado siempre, en las buenas y en las malas, cimentando una
amistad de hierro. Pero de repente éramos sospechosos: El mufa podía ser
cualquiera. Decidimos dirimirlo en una ronda de mate, pero la pava caía
en la fogata y se volcaba una y otra vez, así que pronto nos quedamos
sin agua. Por precaución, decidimos dejar de pronunciar nuestros
nombres, y reemplazarlos por las palabras del código radiofónico de
acuerdo a la primera letra de los mismos.
Entonces era corriente escuchar que Alfa fue a los yuyos y
ya viene, che Golf, hacete unos mates, bueno Bravo, bancame que ya voy,
sino pedile a Charlie. En la edad media los habríamos mandado a la
hoguera, ahora sólo los nombrábamos distinto, de todos modos con tantas
pavas volcadas en las brasas
ya no quedaba
rescoldo para quemar a nadie. Más difícil fue pasar a radiofonía los
nombres que comenzaban con i ó con jota. Nadie quería, en una expedición
de hombres, ser llamado Juliet, ni mucho menos India.

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