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El Cuento

Roberto Vilmaux

Y finalizando con las notas dedicadas a la isla, el cuento: Martín García

 

 

 

Desde el lugar en que estaba podía contemplar toda la isla y sus alrededores. En el Río de la Plata reinaba una plácida calma. Una leve brisa del norte iniciaba el comienzo de una bajante luego de varios días de crecida sostenida. La isla Timoteo Domínguez se agrandaba minuto a minuto, dejando ver su amplia playa de arena y las dos islas comenzaban a unirse nuevamente a medida que las aguas descendían.

La tarde avanzaba, en el oeste, los rayos del sol escapaban al manto de nubes que poblaban el cielo. Permaneció largo rato contemplando el paisaje desde la altura del viejo faro. El mayor tiempo lo dedicó al sudeste, allí donde el río se hacía inconmensurable, por donde él había llegado, hacía ya, tanto tiempo. El mar dulce se agrandaba hasta perderse a la vista. Ahora estaba calmo y tranquilo, pero en muchas ocasiones lo había visto desplegando toda su furia.

Abajo, en la isla, ocurría un raro acontecimiento para la época. Una procesión fúnebre avanzaba lentamente. Unas veinticinco personas caminaban detrás de un féretro que era cargado por otras seis. Habían salido de una de las casas y ahora se dirigían al cementerio. Mientras transitaban por las calles de la isla, los vecinos salían a la puerta de sus casas para dar el último adiós a la persona fallecida, sumándose algunos al cortejo.

Dejó de prestarles atención y dirigió su vista hacia el este, por donde avanzaba la noche. Una humareda blanca se elevaba en la costa vecina, producto de algún incendio. Las luces de las boyas del canal  titilaban rojas y verdes como un extendido árbol de navidad, mientras un buque navegaba rumbo al norte por el centro del canal.

 

Cuando descendió del faro, era de noche. El servicio fúnebre había terminado y las personas asistentes ya se habían retirado cada una a sus casas. Se acercaba la hora de la cena. Mientras caminaba por las calles semi desiertas podía ver la actividad de los habitantes de la isla a través de las ventanas entreabiertas.

Unos minutos después estaba en el cementerio. Desde hacía un tiempo se había convertido en un sitio turístico. Ya nadie fallecía en la isla, los habitantes estaban de paso y la muerte, generalmente, los encontraba en sus sitios de origen. Era una lástima, porque era el lugar que más apreciaba en la isla. Al menos por las noches, se respiraba allí una calma absoluta.

Se detuvo ante la tumba más reciente. Sobre el montículo de tierra recién removido descansaban algunas flores. En la cabecera una cruz sencilla de madera oscura en la que podía leerse :

Josefa Rodríguez

1/10/1922 - 4/3/2006

q.d.e.p.

Se arrodilló frente a la tumba y rogó al Señor por el alma de la difunta.

Ella se lo agradeció.

Se mostró sorprendida cuando se enteró quien era él. ¡Después de tantos años!. Todavía estaba en la isla.

 

 

 

 
 

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Noviembre 2009 - Kayaks - Página 15