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Desde el
lugar en que estaba podía contemplar toda la isla y sus alrededores. En
el Río de la Plata reinaba una plácida calma. Una leve brisa del norte
iniciaba el comienzo de una bajante luego de varios días de crecida
sostenida. La isla Timoteo Domínguez se agrandaba minuto a minuto,
dejando ver su amplia playa de arena y las dos islas comenzaban a unirse
nuevamente a medida que las aguas descendían.
La tarde
avanzaba, en el oeste, los rayos del sol escapaban al manto de nubes que
poblaban el cielo. Permaneció largo rato contemplando el paisaje desde
la altura del viejo faro. El mayor tiempo lo dedicó al sudeste, allí
donde el río se hacía inconmensurable, por donde él había llegado, hacía
ya, tanto tiempo. El mar dulce se agrandaba hasta perderse a la vista.
Ahora estaba calmo y tranquilo, pero en muchas ocasiones lo había visto
desplegando toda su furia.
Abajo, en
la isla, ocurría un raro acontecimiento para la época. Una procesión
fúnebre avanzaba lentamente. Unas veinticinco personas caminaban detrás
de un féretro que era cargado por otras seis. Habían salido de una de
las casas y ahora se dirigían al cementerio. Mientras transitaban por
las calles de la isla, los vecinos salían a la puerta de sus casas para
dar el último adiós a la persona fallecida, sumándose algunos al
cortejo.
Dejó de
prestarles atención y dirigió su vista hacia el este, por donde avanzaba
la noche. Una humareda blanca se elevaba en la costa vecina, producto de
algún incendio. Las luces de las boyas del canal titilaban rojas y
verdes como un extendido árbol de navidad, mientras un buque navegaba
rumbo al norte por el centro del canal.
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Cuando
descendió del faro, era de noche. El servicio fúnebre había terminado y
las personas asistentes ya se habían retirado cada una a sus casas. Se
acercaba la hora de la cena. Mientras caminaba por las calles semi
desiertas podía ver la actividad de los habitantes de la isla a través
de las ventanas entreabiertas.
Unos
minutos después estaba en el cementerio. Desde hacía un tiempo se había
convertido en un sitio turístico. Ya nadie fallecía en la isla, los
habitantes estaban de paso y la muerte, generalmente, los encontraba en
sus sitios de origen. Era una lástima, porque era el lugar que más
apreciaba en la isla. Al menos por las noches, se respiraba allí una
calma absoluta.
Se detuvo
ante la tumba más reciente. Sobre el montículo de tierra recién removido
descansaban algunas flores. En la cabecera una cruz sencilla de madera
oscura en la que podía leerse :
Josefa Rodríguez
1/10/1922 - 4/3/2006
q.d.e.p.
Se
arrodilló frente a la tumba y rogó al Señor por el alma de la difunta.
Ella se
lo agradeció.
Se mostró
sorprendida cuando se enteró quien era él. ¡Después de tantos años!.
Todavía estaba en la isla.

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