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imoteo
Domínguez ha nacido a partir de Martín García.
Poco
más que un islote, con una exigua playa de pretensiones caribeñas,
emerge desde el lado norte de la isla, cercando el pantano que desde
hace casi un siglo ciega el Puerto Viejo.
A
pesar del cartel que la reclama uruguaya, Timoteo es apátrida, casi un
hijo bobo de una isla con demasiada prosapia histórica. Cansada de ser
deseada y abandonada, sinónimo de prisión y lazareto, soñada capital de
un imperio y ahogada en el corsé de Reserva Histórica, Martín García,
como para vengarse, dio a luz a esa playa anárquica.
Timoteo ya es parte de mi historia. Fue el premio luego
de guardar puerto
por un año cuando mi hija estuvo enferma e hice esa promesa para su
cura. Fue la culminación del sueño de todo kayakista cuando mi proa se
clavó en la arena y la proa de al lado la impulsaba mi hijo. Fue cárcel,
cuando en una mala maniobra mi velero estuvo tres días subido a su loma
más alta. Fue parada técnica y vacaciones. Fue el miedo cuando
maldormimos con todo atado en previsión de la tormenta que se avecinaba,
y que nos obligó a cruzar el Canal al otro día contra cien kilómetros
por hora del Sudeste, con la sombra fresca y reciente de David pesando
en nuestras palas.
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A
veces paramos una noche en Timoteo, aprovechando su condición de
perfecto trampolín hacia
la Costa Uruguaya.
Ya no
es la playa desierta del ’96. La irrupción del GPS le ha legado las
lanchas, la basura, las ramas depredadas, las boyas con grafitti y la
escapada de
la fauna. Las
pisadas del lagarto que apodamos Juancho ya no se ven en la arena de los
últimos campamentos por la mañana. El precio del progreso, se diría,
pero precio al fin.
Los
únicos que no se han espantado son los pájaros. Multitudes. Uruguay
significa Río de los Pájaros, y nunca tan bien puesto un nombre. Hay de
todos los tamaños y layas, desde los más pequeños (nunca la ornitología
fue mi fuerte, no se sus nombres), hasta los carroñeros que vuelan
haciéndome sombra en los ojos si estoy tirado en la playa, a ver si me
muevo o califico como almuerzo.
Las
más de las veces son dos las noches. Es tradición hacer asado la primera
y ver que se cocina la segunda, por ese detalle de los kayaks de carecer
de heladera y otras comodidades. Generalmente en travesías invernales
llevo una carpa de alta montaña, si bien no creo que resista los rigores
ni siquiera de una serranía. En verano, en cambio, uso una carpa amplia,
de las baratas de supermercado, pero que tiene la cualidad de tener un
amplísimo mosquitero que permite que me duerma y me despierte mirando el
río.

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