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La travesía
Cayastá - Santa Fe nace de una inquietud personal, por tener en nuestra
región litoral una travesía que nos sea distintiva y propia.
La razón es
mostrar una forma distinta de navegación en otro tipo de paisaje.
El eje del viaje
comienza siendo el gran San Javier, río caudaloso que surca el corazón
de nuestro delta, para alcanzar al Arroyo Leyes, más caudaloso aún, que
trae aguas del Paraná hacia la Laguna Setubal.
Iniciamos la
marcha - como casi siempre - con viento sur de mediana intensidad nubes
y oleaje de cuidado, aunque no peligroso.
Las nubes nos
protegieron en una jornada larga de puro remo y el caudal nos permitía
superar los once kilómetros por hora.
La gran crecida
anegó las islas con más de veinte cm. de agua, lo que dificultó
encontrar espacios donde estirar las piernas; pero a la vez, nos
permitió algunos "cortes" reduciendo las distancias.
Ver el paisaje
implicaba tener que diferenciar unos quince o veinte tonos de verde, con
fuerte presencia de timboes, sauces alisos, aromitos, espinillos, ceibos
en flor, laureles, curupíes y el siempre presente lengua de dragón; por
mencionar algunas de las especies sobresalientes. Pajonales, yuyales,
caraguatáes y así podría seguir.
Muy llamativas
resultaron las grandes telas de arañas uniendo árboles y enredaderas
altas, con una enorme cantidad de pequeños arácnidos. |
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Entre las aves
grandes se pudieron apreciar flamencos rosados, caranchos, vimos y
escuchamos chajaces - centinelas de la isla - alertando de nuestra
presencia; hubo algunos crestones y de menor porte aparecieron las
cardenillas, venteveos, los "matracas" o Martín pescador.
Paramos en la
isla, que al borde del río forma un albardón, una especie de pequeño
terraplén, encerrando un bajo en su interior que se convierte en laguna
por el agua de lluvia o la crecida. Un verdadero reservorio de vida,
cubierta de una fina alfombra vegetal de un extraño verde claro.
Mientras, en el
albardón descansábamos bajo la sombra frondosa de árboles añosos que
formaban una galería; siempre bien atendidos por mosquitos, jejenes,
tábanos y viuditas. No nos privamos de nada.
En fin, creo que
fue un canto a los sentidos.
Por la tarde
llegamos a Santa Rosa, donde el camping nos proveyó buen reparo para las
posibles inclemencias climáticas (que no fueron tales) y por la noche
una exquisita cena de pollo asado con ensaladas varias; los
organizadores no paraban de traer comida y decían muchachos coman que
hay más.
La segunda jornada
comenzó nuevamente con nubes hasta media mañana y llegamos al Puente del
Leyes a medio día, donde nos esperaba otra buena comida, en un predio
muy grande y prolijo, con mucho césped, árboles y una vista increíble.
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