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En
mi casa de infancia había una habitación a oscuras.
No
es técnicamente cierto que no hubiera luz. A los cinco años mi estatura
no daba para alcanzar el interruptor, la oscuridad se extendía
amenazante. Los monstruos que habitaban ese cuarto, en cambio, sí
llegaban a él, pero no lo accionaban para mantener su dominio sobre mí.
Años más tarde llegó a mi vida
la
navegación. La
oscuridad continuó ejerciendo aquel temor que sentía de niño. El no
poder anticipar la ola, la posibilidad de que alguien cayese al agua, el
ir a ciegas hacia un destino desconocido me trababan el ánimo. El temor
y la desorientación se unían al cansancio en una época en que los
navegadores pertenecían a la ciencia ficción.
Se
siente miedo a bordo. Comienza en el momento que la situación excede lo
que ya hemos vivido, y pasa a ser desconocida desbordando experiencias
anteriores. El miedo ataca antes de la emergencia, y a nadie se le
escapa que más de una vez
la
genera. Tenemos
miedo en la primera noche en el mar, en la primera vez en el sexo, en la
primera señal de que envejecemos. Tememos por nosotros y por nuestros
afectos, por lo que puede ser y por lo que no es. Pero en el antes: En
medio de la lucha uno lucha o se rinde, no hay tiempo de temblar.
Una
vez tuve la suerte de que mi mujer, no navegante confesa, aceptara
acompañarme a Timoteo Domínguez en mi velero. Las veces que
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había acampado en la Isla, por ese entonces, superaban holgadamente las
veinte. Pero de repente todo era distinto: Mi cerebro empezó a poblarse
de fantasmas de asaltantes y piratas que podrían atacar el campamento
por la noche. Estaríamos solos e inermes, y el mástil del velero era
visible desde lejos. El día anterior a la partida conseguí
tranquilizarme pasando una y otra vez las fotos de mis anteriores
travesías en la pantalla de mi computadora, repitiéndome “es Timoteo, no
pasa nada”. Por supuesto que ese miedo tonto, producto de fantasmas de
fabricación casera, hizo que olvidara asegurar el timón en la posición
alzada que impedía que golpeara contra la playa. A la noche se levantó
un oleaje de los que ya le conocemos a la isla, y a la mañana siguiente
piratas no había, pero sí el herraje del timón doblado, un bulón
faltante, un agujero que filtraba en la popa, y una hora de trabajo por
delante para armar un herraje de timón de fortuna y volver a puerto. Mi
mujer no había compartido mis temores, tan sólo pidió que le armara una
segunda fogata guardando el perímetro por la posibilidad de alimañas e,
insensible a otros riesgos, durmió toda la noche.
Es
como dice el refrán: El hecho que uno sea paranoico, no significa que no
lo estén buscando”

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