| Tapa | Índice | Página Anterior  | Página Siguiente |

 

El Miedo A Bordo

Gustavo A. Schek

 

Después está la etapa Melville: te embarcas, sales, empiezas a vivir, te pasan cosas, descubres que, aparte de aventura, el mar o la vida tienen horror, tienen dolor, sufrimiento, angustia...; en fin, maduras. Arturo Pérez Reverte

 

Texto y fotos: Gustavo A. Schek

comentarios a bopaya@fibertel.com.ar

 
 

En mi casa de infancia había una habitación a oscuras.

No es técnicamente cierto que no hubiera luz. A los cinco años mi estatura no daba para alcanzar el interruptor, la oscuridad se extendía amenazante. Los monstruos que habitaban ese cuarto, en cambio, sí llegaban a él, pero no lo accionaban para mantener su dominio sobre mí.

Años más tarde llegó a mi vida la navegación. La oscuridad continuó ejerciendo aquel temor que sentía de niño. El no poder anticipar la ola, la posibilidad de que alguien cayese al agua, el ir a ciegas hacia un destino desconocido me trababan el ánimo. El temor y la desorientación se unían al cansancio en una época en que los navegadores pertenecían a la ciencia ficción.

Se siente miedo a bordo. Comienza en el momento que la situación excede lo que ya hemos vivido, y pasa a ser desconocida desbordando experiencias anteriores. El miedo ataca antes de la emergencia, y a nadie se le escapa que más de una vez la genera. Tenemos miedo en la primera noche en el mar, en la primera vez en el sexo, en la primera señal de que envejecemos. Tememos por nosotros y por nuestros afectos, por lo que puede ser y por lo que no es. Pero en el antes: En medio de la lucha uno lucha o se rinde, no hay tiempo de temblar.

Una vez tuve la suerte de que mi mujer, no navegante confesa, aceptara acompañarme a Timoteo Domínguez en mi velero. Las veces que

 

había acampado en la Isla, por ese entonces, superaban holgadamente las veinte. Pero de repente todo era distinto: Mi cerebro empezó a poblarse de fantasmas de asaltantes y piratas que podrían atacar el campamento por la noche. Estaríamos solos e inermes, y el mástil del velero era visible desde lejos. El día  anterior a la partida conseguí tranquilizarme pasando una y otra vez las fotos de mis anteriores travesías en la pantalla de mi computadora, repitiéndome “es Timoteo, no pasa nada”. Por supuesto que ese miedo tonto, producto de fantasmas de fabricación casera, hizo que olvidara asegurar el timón en la posición alzada que impedía que golpeara contra la playa. A la noche se levantó un oleaje de los que ya le conocemos a la isla, y a la mañana siguiente piratas no había, pero sí el herraje del timón  doblado, un bulón faltante, un agujero que filtraba en la popa, y una hora de trabajo por delante para armar un herraje de timón de fortuna y volver a puerto. Mi mujer no había compartido mis temores, tan sólo pidió que le armara una segunda fogata guardando el perímetro por la posibilidad de alimañas e, insensible a otros riesgos, durmió toda la noche.

Es como dice el refrán: El hecho que uno sea paranoico, no significa que no lo estén buscando”

 

 
 

  | Tapa | Índice | Página Anterior  | Página Siguiente | Subir |

Diciembre 2009 - Kayaks - Página 23